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Elecciones 2026 · Colombia · Análisis de datos

Colombia entra a la segunda vuelta como una pelea de transferencias: qué dicen los datos antes del 21 de junio

Tres semanas separan la primera vuelta del balotaje y las encuestas no coinciden en el margen. AtlasIntel da a De la Espriella casi ocho puntos; otras lecturas lo dejan en menos de tres. El resultado depende de dos variables medibles: a quién recogen los votos de los eliminados y cuánta gente nueva acude a las urnas. Esta es la radiografía de los números, no de los discursos.

Por Celinda S. Tórrez Reportera — Colombia 13 min de lectura
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Elecciones 2026 · Colombia · Análisis de datos La segunda vueltase juega en dosvariables medibles Intención de voto para el balotaje del 21 de junio · sondeos de la primera semana de junio de 2026 De la Espriella (AtlasIntel) 50.3% Cepeda (AtlasIntel) 42.6% De la Espriella (calculadora La Silla Vacía) 50.5% Cepeda (calculadora La Silla Vacía) 47.9% AtlasIntel para Semana (intención directa) y calculadora de transferencia de La Silla Vacía, ambas de la primera semana de junio de 2026. Cifras sujetas a ficha técnica y a la evolución de la campaña. DIÁLOGO CIUDADANO

Una elección que cambió de forma en una noche

La noche del 31 de mayo, Colombia eligió a sus dos finalistas y, de paso, desmintió a casi todos los que la habían pronosticado. Según los resultados divulgados por la Registraduría Nacional del Estado Civil, Abelardo de la Espriella obtuvo 43,74 por ciento —más de 10,3 millones de votos— e Iván Cepeda 40,90 por ciento, cerca de 9,7 millones, una diferencia de algo menos de tres puntos. Ninguno de los trece candidatos alcanzó el 50 por ciento que la Constitución exige para ganar en primera vuelta, de modo que el balotaje quedó fijado para el 21 de junio. En tercer y cuarto lugar quedaron Paloma Valencia y Sergio Fajardo, fuera ya de la contienda pero no de la ecuación, porque sus votos son ahora la materia que las dos campañas se disputan.

El dato que conviene fijar antes de seguir es que el favorito de los sondeos previos perdió la primera vuelta. Hasta semanas antes de la votación, Cepeda encabezaba las mediciones de cinco encuestadoras y su campaña veía cercana incluso la posibilidad de ganar sin balotaje. Terminó segundo. Esa sola inversión obliga a leer las encuestas de segunda vuelta con prudencia: las firmas que ahora proyectan el 21 de junio son, en buena parte, las mismas que erraron el orden el 31 de mayo. La excepción que todas citan es AtlasIntel, y por eso conviene empezar por ella.

Las dos lecturas que no coinciden

Aquí aparece la primera tensión de los datos. Hay dos maneras de medir un balotaje, y producen números distintos.

La primera es preguntar directamente por quién votaría la gente el 21 de junio. AtlasIntel, la firma que más se acercó a los resultados de la primera vuelta, midió para Semana una intención de voto de 50,3 por ciento para De la Espriella frente a 42,6 por ciento para Cepeda: una diferencia de 7,7 puntos. En esa misma medición, el voto en blanco quedó en 3,7 por ciento, el voto nulo o “no votaré” en 0,5 por ciento y el “no sé” o no responde en 2,9 por ciento. Es una ventaja amplia, y viene de la encuestadora con mejor historial reciente.

La segunda manera es modelar cómo se reparten los votos de los candidatos eliminados, partiendo del resultado real de la primera vuelta. La calculadora de La Silla Vacía, que distribuye a los votantes de los demás candidatos, da 50,5 por ciento a De la Espriella y 47,9 por ciento a Cepeda: una ventaja de 2,7 puntos. Esa lectura describe una elección mucho más apretada que la de AtlasIntel.

La diferencia entre 7,7 y 2,7 puntos no es un detalle metodológico menor: es la diferencia entre una elección resuelta y una elección abierta. Y el origen de la discrepancia está en el supuesto sobre la transferencia. Un sondeo de intención directa capta el estado de ánimo del momento; un modelo de transferencia parte de los votos ya contados y aplica reglas de reparto. Cuando los dos métodos divergen tanto, lo que están diciendo es que el votante de los eliminados todavía no ha decidido del todo, y que pequeñas variaciones en ese reparto mueven el resultado.

Variable uno: a quién van los votos de los eliminados

El primer factor medible es la transferencia. En primera vuelta sobraron casi seis millones de votos repartidos entre Valencia, Fajardo y el resto. La pregunta es hacia dónde se mueven.

El caso de Paloma Valencia es el más nítido. La candidata del Centro Democrático, tercera con cerca del 6,9 por ciento, anunció desde el día siguiente su respaldo a De la Espriella pese a las rencillas del pasado. Ese apoyo dirige un bloque de derecha hacia el primer lugar. El análisis de Citi Research, basado en los resultados de la primera vuelta, proyectó que De la Espriella ganaría en 17 de 18 escenarios analizados, y que su mayor reserva de votantes nuevos podría venir precisamente del electorado de Valencia.

El reparto del resto es más turbio. Según la medición de La Silla Vacía, entre los votantes en disputa predomina el voto en blanco con 43,6 por ciento; un 24,2 por ciento iría con el Pacto Histórico y un 18,9 por ciento con la derecha más radical. Ese 43,6 por ciento que de momento se refugia en el blanco es el verdadero campo de batalla: si se queda en casa o anula, ayuda al que va arriba; si se decanta, puede estrechar o ampliar la brecha. La cuenta de transferencia de La Silla Vacía, al final, deja la ventaja en 2,7 puntos justamente porque ese bloque indeciso no se reparte de forma limpia.

Hay un antecedente que las dos campañas miran de reojo. En 2022, el preconteo de la segunda vuelta dio inicialmente como virtual ganador a Rodolfo Hernández, y el panorama se invirtió con el avance del escrutinio hasta que Gustavo Petro se impuso con 50,51 por ciento frente a 47,22 por ciento, una diferencia cercana a los 700.000 votos sobre más de 22 millones de votantes. Aquel balotaje también empezó pareciendo una cosa y terminó siendo otra. La lección de 2022 no es que el de atrás remonta siempre, sino que la transferencia y la participación pueden mover varios puntos en tres semanas.

Variable dos: cuánta gente nueva vota

El segundo factor es la movilización, y es el que más incertidumbre introduce. Citi describió la segunda vuelta como “principalmente una contienda de movilización”, en la que De la Espriella mantiene la ventaja incluso si la participación adicional favorece a Cepeda. La frase encierra una hipótesis fuerte: que el candidato de derecha tiene colchón suficiente para resistir un repunte de la participación del progresismo.

El mapa regional ayuda a entender dónde se libraría esa movilización. Según AtlasIntel, De la Espriella conquistaría el Caribe con 68,6 por ciento, una región que en primera vuelta había ganado Cepeda en sus ocho departamentos, bastión histórico del petrismo. Ese giro caribeño, de confirmarse, sería demoledor para el Pacto Histórico, porque allí Cepeda había sumado 2,2 millones de votos, cerca del 23 por ciento de su total nacional. En sentido contrario, Bogotá seguiría siendo del progresismo: en la capital Cepeda quedaría con 56,4 por ciento frente a 36,1 por ciento de De la Espriella. La derecha, además, ganaría espacio en Amazonía, Orinoquía y el centro, donde superaría el 50 por ciento, justo lo contrario de lo ocurrido en la primera vuelta.

El detalle bogotano merece una nota, porque matiza el optimismo del Pacto. Pese a superar a su rival por más de 160.000 votos en la capital en primera vuelta, Cepeda no igualó el desempeño de Petro en 2022 ni alcanzó su meta de más de dos millones de votos en Bogotá. Es decir: incluso en su plaza fuerte, el progresismo movilizó menos que hace cuatro años. Si esa tendencia se mantiene, la variable de movilización jugaría en contra de Cepeda, no a favor.

El rechazo cruzado, el dato que define el tono

Hay una tercera cifra que no decide la elección pero explica su carácter. El 56,6 por ciento de los encuestados rechaza a Cepeda como posible presidente, y el 40,3 por ciento dice lo mismo de De la Espriella. Son dos candidatos con un techo alto de rechazo, lo que dibuja una contienda entre proyectos altamente excluyentes. En una elección así, ganar no consiste tanto en entusiasmar al propio electorado como en recoger mejor el rechazo al adversario. El que logre presentarse como el freno al otro tiene ventaja.

A esa lógica se suma la aprobación del gobierno saliente, que pesa sobre la candidatura oficialista. En la medición de AtlasIntel, el 53,2 por ciento desaprueba la gestión de Gustavo Petro frente al 42,7 por ciento que la aprueba. Para Cepeda, que se presenta como continuidad del proyecto del Pacto Histórico, esa desaprobación mayoritaria es un lastre que debe compensar con movilización propia. Para De la Espriella, es munición: convertir el balotaje en un plebiscito sobre el gobierno saliente lo favorece.

La disputa sobre el conteo y la salud institucional

El cierre de la primera vuelta dejó un episodio que conviene registrar con precisión, porque toca la confianza en el sistema. El presidente Petro y luego el propio Cepeda cuestionaron el conteo preliminar sin presentar pruebas y pidieron esperar el pronunciamiento de las comisiones de jueces que realizan el escrutinio vinculante. La Registraduría, por su parte, desmontó uno por uno los señalamientos de supuesto fraude y defendió la regularidad de la jornada.

La distinción técnica importa. El preconteo es un mecanismo informativo que se actualiza con los datos transmitidos desde las mesas; el resultado con efecto jurídico surge del escrutinio que realizan las comisiones a partir de los formularios E-14. Las dos lecturas suelen coincidir en la tendencia, pero solo la segunda es vinculante. Cuestionar el preconteo sin pruebas no equivale a demostrar un fraude, del mismo modo que defender la regularidad no cierra por decreto cualquier reclamo legítimo. La pieza informativa es que hubo señalamientos sin sustento aportado y una respuesta de la autoridad electoral; el resto es disputa política.

El componente internacional añadió ruido al cierre. El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, felicitaron a De la Espriella por el resultado de la primera vuelta. De la Espriella, ante una multitud en Barranquilla, afirmó que no permitirá que “se roben la voluntad del pueblo” y que defendería la democracia “por la razón o por la fuerza”. Esa última frase, por su tono, marca el registro confrontacional con el que la derecha llega al balotaje.

Qué vigilar en las tres semanas

Del cúmulo de cifras se desprenden cuatro indicadores concretos para seguir hasta el 21 de junio, todos medibles y todos por encima del nivel del discurso.

El primero es la consolidación o el deshielo del voto en blanco entre los votantes de los eliminados. Mientras ese 43,6 por ciento siga en el limbo, la elección permanece más abierta de lo que sugiere AtlasIntel. Si empieza a decantarse, la dirección de ese movimiento será la mejor señal de hacia dónde va el resultado.

El segundo es el Caribe. Es la región donde las dos mediciones más se contradicen con la primera vuelta, y donde un cambio real de comportamiento tendría el mayor efecto aritmético. Si los sondeos locales confirman el giro hacia De la Espriella, la ventaja nacional se vuelve difícil de remontar; si el petrismo retiene su bastión, la elección se aprieta.

El tercero es la participación en Bogotá y en las grandes ciudades, el termómetro de la movilización progresista. La meta de Cepeda no es ganar la capital —ya la gana— sino ganarla por el margen que necesita para compensar la pérdida en otras regiones. El número a vigilar no es quién gana Bogotá, sino por cuánto.

El cuarto es la convergencia o divergencia entre las encuestadoras. Si en los próximos sondeos AtlasIntel y los modelos de transferencia empiezan a acercarse, habrá una señal de consolidación. Si siguen separados por cinco puntos, la conclusión es que nadie tiene aún una lectura firme y que el resultado depende de lo que ocurra la última semana.

La aritmética fina de los eliminados

Para entender la disputa por la transferencia conviene poner cifras exactas a lo que quedó fuera. El desglose de la primera vuelta dejó a Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo con 6,92 por ciento, a Sergio Fajardo y Edna Bonilla con 4,26 por ciento, a Claudia López y Leonardo Huerta con 0,95 por ciento, a Santiago Botero y Carlos Cuevas con 0,87 por ciento, y el voto en blanco en 1,72 por ciento. Sumados, esos bloques representan algo más de trece puntos del electorado que votó por alguien que ya no está en el tarjetón, más el blanco. Es el caudal en disputa.

La fórmula Valencia-Oviedo es la pieza que ya se movió, y se movió a la derecha. Pero los otros bloques no son automáticos. El de Fajardo y Bonilla —el centro reformista— es el más cortejado y el más esquivo. Sectores afines a Cepeda han buscado acercarse a Sergio Fajardo, Juan Daniel Oviedo y Claudia López para la segunda vuelta, conscientes de que ni De la Espriella ni Cepeda ganan sin los votos del centro. El obstáculo es de memoria política: figuras de ese espectro han recordado los momentos en que el petrismo los descalificó como “tibios”, y ni Fajardo ni López parecían dispuestos a alinearse rápidamente con ninguno de los dos finalistas. Mientras esa negociación no cristalice, los votantes de centro pueden quedarse indecisos las tres semanas completas.

El detalle a vigilar es que el centro no vota en bloque ni obedece a su líder. Una cosa es que Fajardo o López insinúen una preferencia, y otra que su electorado la siga. En 2022, buena parte del voto de centro terminó fragmentándose entre la abstención, el blanco y los dos extremos, sin que ningún líder lograra “entregarlo”. La pregunta de 2026 es si ese patrón se repite o si la polarización extrema —dos candidatos con techos de rechazo altos— empuja al centro a elegir el mal menor con más disciplina que hace cuatro años.

El récord de participación y lo que significa

Hay un dato de la primera vuelta que reordena todo el análisis de movilización: la participación fue la más alta de la historia del país. Con el 99,99 por ciento de las mesas informadas, votaron 23.978.053 colombianos, el 57,88 por ciento de los 41.421.973 habilitados, la mayor participación en unas presidenciales en toda la historia de Colombia. De la Espriella se convirtió, además, en el primer colombiano en superar los diez millones de votos en una primera vuelta presidencial.

Ese récord cambia el sentido de la variable de movilización. En una elección con abstención alta, el margen de crecimiento está en los que no votaron, y la pelea consiste en sacarlos de casa. Pero si ya votó el 58 por ciento —un techo histórico—, el espacio para movilizar gente nueva es más estrecho de lo habitual. La segunda vuelta colombiana suele atraer una participación similar o algo menor que la primera; en 2022 fue del orden del 58 por ciento en ambas rondas. Si en 2026 la primera vuelta ya tocó el techo histórico, el balotaje se jugará menos en traer votantes nuevos y más en a quién convencen los que ya están movilizados y en cuál de los dos bandos desmoviliza menos a su base.

Conviene situar el momento en perspectiva institucional. Desde que la Constitución de 1991 instauró la segunda vuelta, solo Álvaro Uribe ha conseguido evitar el balotaje, en 2002 y 2006; todas las elecciones posteriores se definieron en segunda ronda. Que 2026 vaya a balotaje no es anomalía, es la norma de las últimas dos décadas. Lo inédito es la combinación de polarización extrema, participación récord y una inversión del favorito en la primera vuelta. Esa mezcla es la que vuelve arriesgada cualquier proyección tajante.

El balance de los números

Ninguna de las cifras disponibles cierra la elección, pero todas apuntan en la misma dirección general: De la Espriella llega adelante, con una ventaja que oscila entre los casi ocho puntos de la intención directa y los menos de tres de los modelos de transferencia. El abogado cordobés tiene a favor el respaldo de Valencia, el giro del Caribe que dibujan los sondeos, la desaprobación mayoritaria del gobierno saliente y un techo de rechazo más bajo que el de su rival. Cepeda tiene a favor que la diferencia real de la primera vuelta fue de menos de tres puntos, que las encuestas ya se equivocaron una vez en su contra —y podrían hacerlo de nuevo, esta vez a la inversa— y que el voto en blanco indeciso todavía no está repartido.

La segunda vuelta colombiana del 21 de junio no se decidirá por quién pronuncie el mejor discurso en Barranquilla o en Bogotá, sino por dos operaciones aritméticas: cuántos votos de Valencia y Fajardo terminan en cada urna, y cuánta gente que no votó el 31 de mayo aparece tres semanas después. Las dos son medibles, las dos están en disputa, y de las dos saldrá el nombre del próximo presidente.

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